La esposaron frente al tribunal por parecer una intrusa, pero nadie imaginaba quién era realmente esa mujer

Mateo tragó saliva.

—Ocho meses.

Elena bajó la mirada hacia las esposas.

—Lo siento.

Mateo no entendió por qué se lo decía.

Todavía no.

Las esposas se cerraron alrededor de las muñecas de Elena.

El sonido metálico cambió el ambiente.

Algunas personas dejaron de hablar.

El repartidor que estaba a un lado comenzó a grabar con su propio teléfono.

Su nombre era Diego Cárdenas y tenía 20 años. Repartía documentos y paquetes para pagar sus estudios nocturnos.

No estaba transmitiendo.

Estaba guardando el video.

Había aprendido que, cuando algo importante ocurría, era mejor conservar primero la grabación completa y discutir después.

Salgado tomó a Elena del brazo.

—Siéntese.

—No es necesario.

—He dicho que se siente.

La hizo bajar hasta el escalón.

Elena apoyó una rodilla y luego la otra.

No lloró.

No insultó.

No pidió ayuda.

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