Elena no miraba la pantalla.
Miraba las cámaras del edificio.
Primero una sobre la puerta principal.
Luego otra sobre la columna izquierda.
Después una tercera apuntando directamente hacia los escalones.
—Son las 7:46 —dijo Elena mirando su reloj—. Tengo una audiencia a las nueve. Por favor, recojan mi identificación.
Salgado cruzó los brazos.
—La audiencia la va a tener en otro sitio si sigue dificultando las cosas.
—No estoy dificultando nada.
—Está alterando el acceso.
—No he levantado la voz.
Era cierto.
El ruido venía de los coches, de la gente y, sobre todo, de Salgado.
Elena había hablado todo el tiempo con el mismo tono.
Eso pareció irritarlo todavía más.
—Esposarla.
Mateo lo miró.
—¿Qué?
—He dicho que la esposaras.
Las manos del joven temblaron ligeramente cuando sacó las esposas.
Elena lo vio.
—Mateo, ¿verdad?
Él asintió.
—Sí, señora.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando?