Sentí un golpe de rabia en el pecho.
—¿Les dijo que yo le pedía que se fuera?
Mi suegra tardó demasiado en contestar.
—Sí.
—¿Y tú por eso dejaste de venir tan seguido?
Asintió.
Todo empezó a acomodarse de una manera que me dolió más que la infidelidad.
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Durante semanas yo había pensado que su familia simplemente estaba ocupada.
Recordaba incluso dos domingos en los que me habría ayudado muchísimo que alguien cargara a Renata durante una hora mientras yo dormía.