Cuando murió tenía quince años.
Había salido un sábado por la tarde con dos amigas. El automóvil donde viajaban fue golpeado por otro vehículo en una intersección.
Las tres fueron trasladadas al hospital.
Lucy no sobrevivió.
No hubo dudas sobre su identidad.
No había desaparecido.
No había sido secuestrada.
No existía ninguna posibilidad racional de que dos años después estuviera sentada en la recepción de su escuela.
Lo sabía.
Y, aun así, mientras conducía, una parte absurda de mí comenzó a pensar:
“¿Y si cometieron un error?”
El dolor puede hacer cosas terribles con la lógica.
Llegué en quince minutos.
La directora, la señora Campos, me esperaba en la entrada.
Ella sí me conocía.
Cuando me vio, me abrazó.
—Elena, lo siento. Tenemos una secretaria nueva. No sabía lo de Lucy.
—¿Dónde está la niña?
La expresión de la directora cambió.
—Antes de entrar quiero prepararte.
—No necesito preparación.
—Se parece a ella.
Sentí frío.
—¿Qué?
—No exactamente. Pero hay algo…
Pasé a su lado.
La encontré sentada en una silla fuera de la oficina.
Tenía una mochila azul sobre las piernas.
Cabello oscuro.
Ojos grandes.
Las manos apretadas.
Cuando levantó la cabeza, tuve que detenerme.
No era Lucy.
Lo supe inmediatamente.
Pero la directora tenía razón.
Había algo.
La forma de la nariz.
Las cejas.
La manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando estaba nerviosa.
Durante un segundo vi a mi hija.
La niña se levantó.
—¿Usted es Elena?
—Sí.
Entonces comenzó a llorar.
—Lucy dijo que usted vendría.
Sentí como si alguien hubiera abierto una puerta debajo de mis pies.
—¿Conociste a mi hija?
Asintió.
—Ella me dijo que si algún día necesitaba ayuda viniera aquí.