Existían otros familiares, pero ninguno tenía una relación cercana.
Yo comencé a preguntarme algo que me daba miedo admitir.
¿Podía hacerme cargo?
Mi hermana preguntó:
—¿Quieres hacerlo porque es hija de Gabriel?
Respondí:
—No lo sé.
—Esa no es una respuesta.
—Quiero hacerlo porque Lucy me la envió.
Marta permaneció callada.
—¿Y si Lucy no hubiera existido?
Pensé mucho.
—Igual hay una niña que necesita a alguien.
Poco a poco comenzamos un proceso formal para que pudiera vivir conmigo.
No fue inmediato.
Ni perfecto.
Valentina tampoco llegó llamándome “mamá”.
Yo no quería eso.
Ella tenía una madre.
Verónica.
Y yo no iba a borrarla únicamente porque había descubierto cosas dolorosas sobre su relación con mi esposo.
Al principio Valentina me llamaba Elena.
Después, algunas veces:
—Tía Elena.
Nunca le pedí ningún nombre.
Nuestra relación tenía que encontrar el suyo.