Su hija murió hacía dos años, pero la escuela la llamó para decirle que Lucy estaba allí: lo que descubrió después la dejó sin palabras

Existían otros familiares, pero ninguno tenía una relación cercana.

Yo comencé a preguntarme algo que me daba miedo admitir.

¿Podía hacerme cargo?

Mi hermana preguntó:

—¿Quieres hacerlo porque es hija de Gabriel?

Respondí:

—No lo sé.

—Esa no es una respuesta.

—Quiero hacerlo porque Lucy me la envió.

Marta permaneció callada.

—¿Y si Lucy no hubiera existido?

Pensé mucho.

—Igual hay una niña que necesita a alguien.

Poco a poco comenzamos un proceso formal para que pudiera vivir conmigo.

No fue inmediato.

Ni perfecto.

Valentina tampoco llegó llamándome “mamá”.

Yo no quería eso.

Ella tenía una madre.

Verónica.

Y yo no iba a borrarla únicamente porque había descubierto cosas dolorosas sobre su relación con mi esposo.

Al principio Valentina me llamaba Elena.

Después, algunas veces:

—Tía Elena.

Nunca le pedí ningún nombre.

Nuestra relación tenía que encontrar el suyo.

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