La mesa quedó en silencio.
Yo sentí el cambio en Ricardo antes de que levantara la vista.
Conocía esa mandíbula rígida.
Conocía sus hombros tensos.
Conocía esa calma falsa que aparecía justo antes de que explotara.
—Ven acá —dijo.
—Ricardo, tiene 7 años.
Leonor suspiró a mi lado.
—Sara, por favor. Otra vez no.
Ricardo señaló el espacio junto a su silla.
—Mateo. Ahora.
Mi hijo me miró.
Eso bastó para que yo me levantara.
Pero Leonor me sujetó de la muñeca.
—Deja que su padre lo eduque.
—Suéltame.
Ricardo tomó a Mateo por el brazo y lo llevó hacia el centro del comedor.
Mi hijo empezó a llorar.
No era disciplina.
No había explicación.
No había enseñanza.
Solo miedo.
Tomás, el mayordomo de la familia desde hacía más de 20 años, observaba desde el aparador.