Estábamos equivocados.
Cada diciembre preparaba galletas.
Los niños del barrio tocábamos su puerta.
Ella fingía molestarse.
—Otra vez ustedes.
—Solo queremos dos.
—La semana pasada también querían dos.
—Pero esas ya nos las comimos.
Doña Amelia terminaba riéndose.
Nunca tuvo hijos.
Su esposo, Ernesto, murió cuando ella tenía poco más de cincuenta años.
Después quedó sola.
Pero durante muchos años fue una mujer completamente independiente.
Conducía.
Hacía sus compras.
Cuidaba el jardín.
Se iba de viaje con amigas.
Yo crecí.
Me casé.
Tuve una hija.
Me mudé a otro sector.
Y durante años apenas supe de ella.
Todo cambió cuando mi madre murió.
Regresé constantemente al antiguo barrio para organizar la casa familiar.
Un día encontré a Amelia intentando subir tres bolsas del supermercado por unas escaleras.
—Déjeme ayudarla.
—Puedo sola.
—Ya lo veo.
—Tienes la misma insolencia de tu madre.
Me reí.
Tomé las bolsas.
Entré.
La casa estaba casi exactamente como la recordaba.
Solo había algo diferente.
Demasiado silencio.
—¿Cómo está? —pregunté.
—Vieja.
—Eso no es una enfermedad.
—Depende del día.
Tenía setenta y cuatro años.
Poco después descubrí que había comenzado a tener algunos problemas de movilidad.
Nada que le impidiera vivir sola todavía.
Pero las escaleras le costaban.
Conducir de noche le daba miedo.
Y había sufrido una caída en el baño meses antes.
—¿Tiene familia?
—Sobrinos.
—¿La visitan?
Levantó una ceja.
—Cuando necesitan firmas.
No pregunté más.
Empecé a pasar ocasionalmente.
Al principio una vez por semana.
Después dos.
La llevaba al supermercado.
A algunas citas.
Si preparaba comida en mi casa, llevaba una porción.
Ella protestaba.
Siempre.
—No necesito una enfermera.