Se acercó a mí.
—Fui un idiota.
—Sí.
—Pensé que…
—Sé exactamente qué pensaste.
—No era porque creyera que eres mala.
—Creíste que podía aprovecharme de una anciana.
—Lo sé.
—Eso suena bastante parecido.
Se quedó callado.
—Perdón.
Yo no respondí inmediatamente.
Después dije:
—Lo que más me molestó no fue que sospecharas. Fue que nunca me preguntaste por qué la quería.
Eso lo golpeó.
—Tienes razón.
—Solo calculaste cuánto valía su casa.
—Sí.
—Y nunca calculaste cuánto podía valer ella para mí.
Nos abrazamos.
No solucionó todo.
Pero comenzó.
Aquella noche dormí en casa de Amelia porque estaba cansada.
Entré en su habitación antes de acostarme.
—¿Está despierta?
—Ahora sí.
Me senté.
—Quiero saber todo.
Sonrió.
—Sabía que llegaría este momento.
Me contó la historia completa.
Después de mi cirugía, Amelia visitaba a mamá mientras yo me recuperaba.
Llevaba comida.
Ayudaba con mis hermanos.
Su esposo incluso consiguió trabajo temporal para mi padre.
Mis padres finalmente pudieron estabilizarse.
Años después intentaron devolver el dinero.
Amelia y Ernesto nunca lo aceptaron.
—¿Por qué?
—Porque no era un préstamo.
—Pero para ustedes también era dinero.
—Sí.
—Entonces…
Me miró.
—Éramos vecinos, Clara.
Como si eso explicara todo.
Tal vez en aquella época sí.
La gente se conocía.
Sabía quién estaba enfermo.
Quién necesitaba comida.
Quién necesitaba que cuidaran a sus hijos.
No todo era perfecto.
Pero había una idea de comunidad que con los años parecía haberse ido reduciendo.
—¿Mi madre hizo algo por ustedes después?
Amelia sonrió.
—Muchísimo.
Cuando Ernesto enfermó, mamá ayudó.
Cuando murió, fue ella quien pasó semanas acompañando a Amelia.
Después, cuando yo me mudé, ambas continuaron siendo amigas.