“Sí.”
“¿Nadie puede decirnos que tenemos que irnos?”
Sentí un nudo en la garganta.
“Nadie.”
Esa noche comimos pizza sentados en el piso.
Pensé en la puerta de mis padres.
Durante años había imaginado que el éxito sería una especie de venganza.
No lo fue.
Fue silencio.
Seguridad.
Dormir sin preguntarme quién podía quitarnos el techo.
Un año y medio después, Mariana me llamó.
Quería “reunir otra vez a la familia”.
Le pregunté por qué.
Se ofendió.
“¿Está prohibido extrañar a mi hermana?”
“No. Pero no parecías extrañarme cuando mis hijos dormían encima de una lavandería.”
“¿Todavía guardas rencor por eso?”
Entonces entendí algo.
Las personas que se benefician de tu silencio suelen llamar resentimiento a tu memoria.
No volvimos a hablar.
Dos meses después Diego apareció en mi oficina.
Su empresa de construcción estaba en problemas.