Abrí una oficina pequeña.
En la puerta mandé colocar:
Navarro Asesoría Financiera.
Navarro era mi apellido de soltera.
La primera vez que vi aquellas letras sobre el vidrio sentí que recuperaba una parte de mí que había dejado enterrada durante años.
Mientras tanto, mi familia prácticamente desapareció.
Mi madre enviaba tarjetas por los cumpleaños.
Mi padre solo firmaba debajo.
Diego reaccionaba ocasionalmente a fotografías de los niños.
Mariana escribió una sola Navidad:
“Espero que estén bien.”
Nadie se disculpó.
Con el tiempo dejé de esperarlo.
Cuatro años después compré una casa.
No era una mansión.
Tenía tres habitaciones, un pequeño jardín y un árbol enorme frente al garaje.
Los niños corrieron por todas partes.
Camila, que ya tenía trece años, se quedó inmóvil en la cocina vacía.
“¿Esta casa es nuestra?”