Mi primera clienta tenía una florería y una cafetería.
Me entregó bolsas llenas de recibos.
Trabajé cuatro noches hasta casi las tres de la madrugada.
Cuando le entregué sus cuentas organizadas, me miró sorprendida.
“¿Entendiste todo este desastre?”
“Casi todo.”
“¿Quieres otro cliente?”
Una semana después tenía tres.
Luego cinco.
Después nueve.
El divorcio duró meses.
Mauricio alternaba entre disculparse y atacarme. Un día decía que quería recuperar a su familia. Dos días después acusaba a mis abogados de querer arruinarlo.
Finalmente vendimos la casa, dividimos los bienes y yo obtuve la custodia principal.
Dos años después él se casó con Valeria.
Para entonces ya no me importaba.
Mi trabajo independiente había crecido tanto que tuve que contratar a una asistente.
Después a otra.
Tres años después de aquella noche en el motel renuncié a la clínica.