Yo también fingía hacerlo.
Pero aquellas palabras me dolían.
Después comenzó a intentar controlar más aspectos de mi vida.
Preguntaba constantemente con quién hablaba, dónde guardaba determinados documentos y cuándo tenía reuniones con mi contador.
—Solo quiero ayudarte —decía cuando yo le preguntaba por qué tenía tanto interés.
En nuestra casa también trabajaba Emily.
Tenía veintinueve años y llevaba varios años trabajando conmigo. Era una joven responsable, tranquila y de origen humilde.
Su madre atravesaba una situación médica complicada, y Emily trabajaba muchas horas para ayudar con los gastos familiares.
Lauren nunca la trató bien.
—Muévete más rápido —le ordenaba—. No te pago para que camines por esta casa como si estuvieras de vacaciones.
En otra ocasión, delante de unos invitados, hizo un comentario sobre el peso de Emily.