Me cubrí la boca.
—Ahí está —dijo Rachel.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
—¿Está vivo?
Rachel me miró.
—Sí.
Cerré los ojos.
Había soportado operaciones interminables, pacientes que se iban pese a todos nuestros esfuerzos y familias derrumbándose en mis brazos.