Pero aquel sonido diminuto me rompió.
—Hay un pequeño hematoma —continuó Rachel—. El sangrado parece controlado, pero tienes que parar.
—Estoy bien.
Su mirada se endureció.
—No. No estás bien.
Aquella frase me golpeó.
Porque alguien finalmente la había dicho.
Rachel retiró el transductor.
—Veinticuatro horas operando, cuarenta minutos conduciendo bajo la lluvia, otra cirugía de emergencia de tres horas y media… ¿en qué estabas pensando?
No contesté.
Ella sí conocía la respuesta.
—Adrian.
Giré el rostro.
—Claire podía morir.
—No estoy cuestionando que atendieras una emergencia. Estoy cuestionando que nadie protegiera a una médica que llevaba un día entero trabajando.
Me quedé callada.
Rachel suspiró.
—Necesitas reposo. Y necesito preguntarte algo: ¿Adrian sabía del embarazo?
—No.
—¿Ibas a decírselo?
Pensé en el pastel.
—Esta noche.
Rachel cerró los ojos un instante.
—Dios, Elena.
Mi teléfono volvió a vibrar.