ADRIAN.
Cuarenta y tres llamadas perdidas.
Lo puse boca abajo.
—¿No
vas a contestar?
—No.
—¿Sabe dónde estás?
—Espero que no.
Rachel acercó una silla.
—Puedes quedarte conmigo.
La miré.
—No quiero involucrarte.
—Llevamos doce años siendo amigas. Llegas sangrando a mi hospital y me dices que no quieres involucrarme.
Por primera vez aquella noche sonreí.
—Eres insoportable.
—Y tú eres una pésima paciente.
Me apretó la mano.
—Duerme.
Eso hice.
Mientras tanto, Adrian llegaba a nuestra casa.
2. «Hola, papá»
Más tarde supe exactamente lo que ocurrió porque él mismo me lo contó.
Abrió la puerta a las seis y doce de la mañana.
Primero vio las velas consumidas.
Después los dos platos.
Las copas.
La botella sin abrir.
Y comprendió que yo había preparado una cena.
Entonces vio el pastel.
Una caja blanca en medio de la mesa.
La abrió.
«Hola, papá».