En una esquina aparecía una firma:
J. Carrasco, 1932.
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El nombre despertó su curiosidad. Quiso mover el cuadro para colocarlo en un lugar donde recibiera más luz, pero el marco parecía estar pegado a la pared.
Tiró suavemente.
Nada.
Lo intentó otra vez.
Esta vez escuchó un crujido.
Parte del adobe detrás del cuadro comenzó a desprenderse.