había desaparecido.
Y sobre la mesa de acero solo quedaba una última frase escrita con sangre:
“AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.”
La morgue quedó en silencio.
Un silencio tan profundo que Fonseca podía escuchar su propia respiración.
La linterna de su teléfono iluminaba apenas unos metros.
La camilla estaba vacía.
La monja había desaparecido.
Camilo permanecía inmóvil junto a la puerta, con una mano sobre el pecho.
—Doctor… dígame que usted también la vio.
Fonseca no respondió.
Se acercó lentamente a la camilla.
No había señales de que alguien hubiera movido el cuerpo.
Ni sangre.
Ni huellas.
Ni siquiera una arruga en la sábana.
Solo aquella frase.
AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.
Fonseca pasó un dedo cerca de las letras.
Todavía estaban húmedas.
—Camilo.
—¿Sí?
—No llames a la policía.