—Para fortalecer al bebé —decía ella.
La taza tenía un sabor metálico, amargo, pero Adrián decía que era normal.
—Son hierbas prenatales. Mi mamá sabe de esas cosas.
La doctora Ríos pidió un ultrasonido “solo para quedarnos tranquilas”. Pero cuando pasó el transductor por mi vientre, su sonrisa desapareció. Acercó la cara a la pantalla. Cambió el ángulo. Volvió a revisar.
Luego apagó el monitor.
—Voy a pedir imagen de urgencia y análisis toxicológico. También necesito que autorices que documentemos todo.
—¿Todo qué?
Ella bajó la voz.
—Hay un dispositivo cerca del cuello uterino. No aparece en tu expediente. Y por la posición, no parece algo que tú pudieras haberte colocado.
Sentí que el aire se me acababa.
Seis semanas antes, Adrián me había hecho una “revisión rápida” en nuestra recámara. Cerró con seguro, le pidió a su mamá que mantuviera a todos abajo y me dijo que era para evitarme una ida innecesaria al hospital.