Me quitó las visitas a mis padres porque, según él, mi mamá me alteraba.
Me quitó las consultas con otros médicos porque, según él, nadie iba a cuidar mejor a su propio hijo que él.
Y yo lo acepté.
Porque lo amaba.
Porque estaba embarazada.
Porque cada vez que dudaba, él ponía una mano en mi espalda y decía:
—Yo solo quiero protegerte.
Esa mañana había ido a escondidas con la doctora Ríos. No se lo dije a Adrián. Le pedí un Uber desde una cuenta nueva y apagué la ubicación del celular. Me temblaban las manos como si estuviera cometiendo un crimen.
La doctora me escuchó durante 20 minutos sin interrumpirme. Le hablé de los mareos, del cansancio brutal, de los olvidos, de las mañanas en que despertaba sin recordar si había desayunado. Le conté que mi suegra, doña Teresa, me llevaba cada día un té en una taza de plata.