—¿Puedo acercarme, hija?
Esa pregunta me rompió.
Adrián nunca preguntaba. Adrián decidía.
Asentí.
Mi papá cruzó el cuarto, me tomó la mano y no preguntó por qué me había alejado 2 años. No me reclamó haber faltado a cumpleaños, comidas, Navidades. Solo dijo:
—Tu mamá viene en camino. Aquí nos quedamos.
Lloré sin hacer ruido.
A la mañana siguiente, la trabajadora social del hospital me entregó una carpeta.
Dentro estaban los primeros resultados.
Una sustancia sedante apareció en mi sangre en niveles que no coincidían con ninguna receta mía. La misma sustancia estaba en el líquido de la taza. Y rastros similares aparecieron en el dispositivo retirado.
El médico no usó palabras dramáticas. Solo dijo:
—Esto podría explicar sus mareos, lagunas mentales, debilidad y somnolencia.
Pero yo entendí la frase completa.
Adrián no había cuidado mis síntomas.