Fui a escondidas con otra ginecóloga sin decirle nada a mi esposo. Él no dejaba de repetir que quitarme las llaves, el celular e incluso prohibirm

Era apenas la puerta.

No podía creer lo que estaba a punto de descubrirse.

 

PARTE 2

PARTE 2

Cuando llegaron los policías, Adrián cambió de rostro como quien se cambia la bata blanca.

Se arregló el cuello de la camisa, guardó las manos en los bolsillos y habló con una calma impecable.

—Oficiales, qué bueno que llegaron. Mi esposa tiene episodios de ansiedad. Mi madre ha estado dándole remedios herbales sin aprobación médica. Yo vine a detener esto.

Doña Teresa lo miró como si acabara de desconocer a su propio hijo.

—¿Perdón?

—Oficiales, qué bueno que llegaron. Mi esposa tiene episodios de ansiedad. Mi madre ha estado dándole remedios herbales sin aprobación médica. Yo vine a detener esto.

Doña Teresa lo miró como si acabara de desconocer a su propio hijo.

—¿Perdón?

Adrián ni siquiera volteó hacia ella.

—Mamá, por favor. No empeores esto.

La doctora Ríos me observó desde la camilla.

—Valeria, ¿quieres escuchar o prefieres que cierre el audio?

—Quiero escuchar.

Mi hijo se movió dentro de mí, fuerte, como si también hubiera oído la mentira.

En la cámara, doña Teresa dejó la taza sobre una jardinera de concreto y levantó ambas manos.

—Yo no voy a cargar con esto —dijo.

Adrián dio un paso hacia ella.

—Mamá.

Pero algo en su tono la quebró. O quizá la despertó.

Ella abrió su bolsa y sacó varios sobres doblados, sujetos con una liga. Eran pequeños, blancos, marcados con días de la semana en tinta azul.

—Él me dio esto —les dijo a los policías—. Me dijo que mezclara uno en su té cada mañana.

—Está confundida —dijo Adrián.

Doña Teresa no apartó la mirada.

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