Sabía que tenía un departamento propio en Polanco desde antes de conocerlo.
Y sabía que algunas veces desaparecía durante dos días porque tenía reuniones de consejo.
Pero Sebastián estaba tan enamorado de la historia de su propio éxito que jamás preguntó en qué invertía, de qué empresas era consejera ni quién pagaba mis viajes.
Como no usaba bolsos cubiertos de logotipos, no cambiaba de automóvil cada año y seguía conduciendo la misma SUV negra desde hacía seis, decidió por su cuenta que yo vivía cómodamente, pero muy por debajo de él.
Nunca sentí necesidad de corregirlo.
Dos días después de aquella cena me envió el contacto de su abogado.
Su mensaje decía:
“No te preocupes. Es un trámite. Mi abogado preparará todo.”
Respondí:
“Perfecto. El mío lo revisará.”
Esa misma tarde fui a Santa Fe a visitar a Mariana Lozano, la abogada que llevaba casi once años trabajando con mi familia y conmigo.