Parte 1
Mi prometido levantó su copa de vino en medio de la cena y dijo, delante de nuestras dos familias:
—Quiero un acuerdo prenupcial. No voy a poner en riesgo todo lo que construí por casarme.
La mesa quedó en silencio.
Su madre dejó de mover el tenedor. Su hermano menor sonrió como si Sebastián acabara de anunciar una brillante estrategia empresarial. Mi papá me miró desde el otro extremo de la mesa, esperando quizá que yo me levantara, llorara o le arrojara la copa a alguien.
Yo hice algo mucho más sencillo.
Levanté mi vino.
—Me parece una excelente idea.
Sebastián parpadeó.
Aquella respuesta no estaba en el guion que había preparado.
Llevábamos tres años juntos y faltaban menos de cuatro meses para nuestra boda en Valle de Bravo.
Sebastián tenía 38 años y era fundador de una empresa de logística que había crecido con rapidez entre Ciudad de México, Querétaro y Monterrey. Según él, su compañía estaba valuada en unos 720 millones de pesos.