Y Sebastián jamás perdía una oportunidad de mencionarlo.
Su madre, Patricia, me dedicó una sonrisa suave.
—Espero que no te ofendas, Valeria. Mi hijo ha trabajado demasiado para llegar hasta aquí.
—No me ofendo.
Su hermano soltó una risa.
—Además, seamos sinceros. Sebastián tiene mucho más que perder.
Mi papá dejó el vaso sobre la mesa.
Yo le hice una pequeña seña para que no dijera nada.
Sebastián tomó mi mano por debajo del mantel.
—No piensen mal. Yo sé que Valeria no está conmigo por dinero.
Después sonrió.
—Pero los buenos contratos protegen las buenas relaciones.
—Totalmente de acuerdo —respondí.
Lo que Sebastián ignoraba era que durante tres años nunca le había mentido.
Simplemente él nunca había hecho las preguntas correctas.
Sabía que yo trabajaba en inversiones privadas.
Sabía que viajaba con frecuencia a Monterrey, Guadalajara y Nueva York para reuniones.