No contesté.
Dejó un mensaje.
“Espero que estés feliz.”
Lo escuché una vez.
Después lo borré.
Porque aquello no me hacía feliz.
Solo confirmaba que había estado a punto de casarme con un hombre que necesitaba sentirse superior para sentirse seguro.
Seis meses después, Sebastián renunció como director general.
La compañía sobrevivió.
Él también.
Pero la imagen del empresario brillante que había construido durante años quedó destruida.
Un año después de cancelar la boda estaba en la terraza de un edificio en Reforma que mi firma acababa de adquirir.
Era una tarde clara.
La ciudad parecía interminable bajo nosotros.
Mariana llegó con dos copas de champaña.
—Encontré algo hoy mientras ordenábamos archivos.
Me entregó una carpeta.
Era el acuerdo prenupcial.
Nunca firmado.
Me reí.
—Noventa y una páginas para una boda que nunca ocurrió.