No controlábamos su empresa.
Ni siquiera controlábamos directamente al banco que le prestaba.
Pero su acusación pública hizo que varias personas empezaran a hacer preguntas.
Su consejo de administración quiso saber a qué relaciones financieras se refería.
El banco pidió aclaraciones.
Dos inversionistas solicitaron revisar proyecciones que ya les parecían demasiado optimistas.
Yo no hice llamadas.
No presioné a nadie.
No intenté vengarme.
Cuando me pidieron información, entregué documentos.
Nada más.
Lo demás se cayó solo.
Una revisión interna descubrió que Sebastián había presentado proyecciones de ingresos mucho más altas que las cifras reales de varios contratos.
También encontraron pagos a un proveedor perteneciente, indirectamente, a su hermano.
Después aparecieron viajes privados cargados como gastos corporativos.
Luego bonos aprobados sin suficiente respaldo documental.
Cada semana surgía algo nuevo.
Un jueves por la mañana Sebastián me llamó.