—Creo que cometimos un error.
—¿Cuál?
—Convertir nuestra boda en una negociación.
Tuve que controlar una sonrisa.
Veinticuatro horas antes, según él, los contratos protegían las buenas relaciones.
Ahora eran fríos.
—¿Quieres modificar alguna cláusula?
—Quiero eliminar el prenupcial.
Lo miré.
—Yo no.
Su expresión cambió.
—¿Cómo?
—Quiero firmarlo.
—Valeria, no tiene sentido.
—Tiene exactamente el mismo sentido que tenía cuando creías que tú eras quien tenía más dinero.
—No se trata de eso.
—Entonces explícame de qué se trata.
Caminó hasta la ventana.
—Ahora sabemos que existe una diferencia patrimonial enorme.
—La diferencia ya existía el día que pediste el acuerdo.
—Pero yo no lo sabía.
—Eso no cambia las condiciones.
Se volvió hacia mí.
—El matrimonio requiere confianza.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces no necesitamos un contrato.
Abrí un cajón, saqué la versión final y la puse sobre la barra.