Era Sebastián.
Tenía el rostro pálido y sostenía varias hojas arrugadas.
—¿Qué demonios es esto?
—Mi declaración patrimonial.
—¿Tienes más de 7 mil millones de pesos?
—Aproximadamente.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
—Nunca me lo dijiste.
—Nunca me preguntaste.
Me miró sin hablar.
Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo con absoluta claridad.
El asombro desapareció de su rostro.
En su lugar apareció cálculo.
Sus ojos bajaron hacia los documentos.
Después hacia mí.
Y entendí todo.
Sebastián no estaba furioso porque yo tuviera dinero.
Estaba furioso porque el acuerdo que él mismo había exigido significaba que jamás podría tocarlo.
Parte 3
Al día siguiente Sebastián llegó con flores.
Nunca había comprado flores un viernes por la mañana.
Las dejó sobre la barra de mi cocina y me abrazó.
—He estado pensando.
—Qué bueno.