Cumplí mi promesa. Me convertí en la tutora de Lily y juntas comenzamos una nueva vida en la casa que Daniel había dejado.
No teníamos una vida perfecta, pero sí tranquila. Y, por primera vez en mucho tiempo, volví a sentirme acompañada.
Pasó un año. El día del aniversario de la muerte de Daniel, Lily entró en la cocina llevando una pequeña caja.
—Papá me dijo que tenía que entregarte esto hoy. Sentí un nudo en el estómago.
Lily me miró fijamente antes de añadir: —Todavía no sabes por qué te eligió a ti.
Abrí la caja. Dentro había un pequeño cuaderno amarillo, atado con un hilo azul.
En cuanto lo abrí, me quedé paralizada. Conocía aquella letra.
Conocía aquel dibujo torcido de un conejo morado. Reconocí la tortuga pintada de verde y hasta los pequeños errores que había en las ilustraciones.