—Y ella trabajaba aquí.
Christopher bajó la cabeza.
Richard continuó:
—La noche que Victoria salió de esta cafetería por última vez, llevaba a Benny consigo.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
Richard me miró.
—Christopher la despidió porque se negó a cobrarle a una anciana que no podía pagar su café.
El silencio fue absoluto.
—Victoria discutió con él —continuó—. Dijo que nunca permitiría que trataran así a una persona.
Miró a Benny.
—Después salió de aquí y tuvo un accidente.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y Benny?
—Desapareció.
Richard tragó saliva.
—Lo buscamos durante meses.
Miré a Benny.
—Entonces…
—Usted lo encontró.
Richard sonrió entre lágrimas.
—Sin saberlo, usted le dio una segunda oportunidad.
Christopher intentó intervenir.
—Richard, eso fue hace años…
—No.
La voz de Richard se endureció.
—Y precisamente por eso sé que nada ha cambiado.
Sacó un teléfono de su bolsillo.
—Soy el principal inversor de esta cafetería.
Christopher se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Y desde hoy, ya no eres el dueño.
El hombre se quedó completamente paralizado.
Richard guardó el teléfono.
—Compré la participación mayoritaria hace tres meses.
Christopher parecía incapaz de hablar.
—Pero… ¿por qué?
Richard miró a Benny.
—Porque quería saber qué clase de lugar había sido este para mi hija.
Hizo una pausa.
—Ahora ya lo sé.
Después se volvió hacia mí.
—Y tengo una pregunta para usted.
—¿Cuál?
—¿Le gustaría quedarse a tomar ese café?
Miré a Christopher.
Luego a Benny.
Y finalmente sonreí.
—Sí.
Richard sonrió también.
—Entonces esta vez invito yo.
La camarera volvió a acercarse.
—¿Y qué le preparo?
Miré a Benny.
—Un café pequeño para mí.
La joven sonrió.
—¿Y para Benny?
Pensé un segundo.
—Algo que pueda comer.
Por primera vez en mucho tiempo, Benny movió la cola con entusiasmo.