—Lucas, Mateo, vuestra madre se llamaba Clara. También era la madre de Nico. Vosotros nacisteis juntos. Algunos adultos tomaron decisiones muy equivocadas y os separaron.
Mateo bajó la cabeza.
—¿Porque éramos malos?
Álvaro se arrodilló delante de él.
—No. Nunca hubo nada malo en vosotros.
Lucas hizo la pregunta que Álvaro temía.
—¿Y tú no nos buscaste?
El silencio dolió más que cualquier acusación.
—No os busqué porque me dijeron que ya no podía encontraros. Creí una mentira. Si hubiera sabido que estabais vivos, habría recorrido España entera hasta dar con vosotros.
Lucas lo miró durante varios segundos.
—Entonces llegaste tarde.
Álvaro tragó saliva.
—Sí.
—Pero llegaste.
El niño se lanzó a abrazarlo.
Mateo se unió. Nico entró en el abrazo por el otro lado y durante unos segundos Álvaro no pudo hablar.
Las semanas siguientes no fueron perfectas.
Lucas escondía pan debajo de la almohada por miedo a volver a pasar hambre. Mateo se despertaba algunas noches para comprobar que la puerta seguía abierta. Nico tuvo momentos de celos porque durante 6 años había tenido a su padre solo para él.
Álvaro no intentó fingir que todo estaba bien. Buscó apoyo psicológico infantil, reorganizó su trabajo y convirtió 3 dormitorios separados en espacios que los niños podían usar cuando quisieran, aunque durante meses ellos prefirieron dormir cerca.
La guarda provisional se transformó en reconocimiento de filiación y después en custodia plena. El Registro Civil rectificó los documentos. El pacto societario también tuvo que corregirse: las acciones destinadas a los nietos quedaron bloqueadas judicialmente hasta que fueran mayores, fuera del control de Esteban o de cualquier otro adulto de la familia.
Adela pidió verlos.
Álvaro se negó al principio.
Fue Lucas quien, semanas después, preguntó por “la abuela que lloraba mucho”.