“Nico, Lucas y Mateo.”
Por primera vez en 6 años, Álvaro vio una imagen de Clara junto a sus 3 hijos.
No lloró de inmediato. Se quedó inmóvil, como si todo el dolor hubiera llegado demasiado rápido para salir.
El timbre interrumpió el silencio.
Era Inés.
La abogada entró con el resultado preliminar del laboratorio. Miró a Adela, después a Álvaro.
—La coincidencia es concluyente. Los 3 niños son hermanos y Álvaro es su padre biológico.
Adela cerró los ojos.
Pero Inés aún no había terminado.
—También hemos encontrado a Marta.
Álvaro levantó la cabeza.
Marta estaba ingresada en un centro de atención social en Alcalá de Henares. No había abandonado Madrid ni desaparecido por completo. Dos días antes de dejar a los niños, había acudido a una asociación pidiendo ayuda. Estaba enferma, sin dinero y convencida de que Esteban la vigilaba. Había dado instrucciones para que, si algo le ocurría, una voluntaria llevara el sobre al lugar donde pensaba dejar a los pequeños.
—¿Por qué en aquel callejón?
—Porque está a 3 calles del colegio de Nico —respondió Inés—. Marta conocía tu ruta de los viernes. Quería que los encontraras tú.
Aquello cambió la imagen que Álvaro tenía de ella. No borraba años de negligencia ni las veces que había dejado solos a Lucas y Mateo, pero explicaba el último gesto.
Marta no esperó a un desconocido.
Los colocó, de una forma terrible y desesperada, en el camino de su padre.
Álvaro fue a verla esa misma tarde, solo.
Marta parecía mucho mayor que sus 34 años. Cuando lo vio, no pidió perdón de inmediato.
—¿Están contigo?
—Sí.
Ella empezó a llorar.
—Entonces al menos una cosa salió bien.