Durante los primeros 2 años, Marta recibió dinero puntualmente. Después comenzó a pedir más. Había descubierto el valor real de las acciones que corresponderían a los niños y amenazó con contar la verdad. Esteban respondió cortando pagos y cambiando de domicilio a través de intermediarios.
La vida de Lucas y Mateo se volvió inestable. Pasaron por pisos pequeños en Valencia, Cuenca y finalmente Madrid.
—¿Y tú sabías que estaban mal?
—Sabía que había problemas. Esteban decía que Marta exageraba.
—Elegiste creerle.
Adela asintió.
Entonces Álvaro preguntó por el sobre.
El rostro de su madre cambió.
—No lo escribió Marta.
Álvaro sintió un escalofrío.
Adela abrió un cajón y sacó una caja metálica. Dentro había 3 pulseras de recién nacido, cada una con la misma fecha, el nombre de Clara y los códigos consecutivos del hospital. También había una memoria y una carta.
—Pilar encontró esto hace 2 semanas detrás de un panel del antiguo despacho de tu padre. Me llamó. Yo no tuve valor para decírtelo.
La carta era de su padre. Había sido escrita pocos meses antes de fallecer.
“Si algún día Lucas y Mateo regresan, significa que la decisión que tomamos terminó destruyendo lo que pretendíamos proteger. Esteban convirtió mi miedo en un negocio. Yo lo permití. Los 3 niños son hijos de Álvaro. Las pruebas originales están en la caja. Que nadie vuelva a separarlos por dinero.”
Álvaro tuvo que sentarse.
La memoria contenía copias de transferencias a Marta, mensajes de Esteban y fotografías de los 3 bebés en neonatología. En una de ellas, Clara aparecía todavía consciente, tocando con un dedo las incubadoras. Al dorso alguien había escrito: