Y otra más.
Al principio todos nos observaban con sorpresa, pero después dejaron de importar las miradas.

Por primera vez en muchos años me sentí como cualquier otra chica de mi edad.
Cuando terminó la fiesta, insistió en acompañarme caminando hasta casa.
Nos despedimos en la puerta.
Antes de irse solo dijo:
—Espero que esta noche haya cambiado un poco la forma en que te ves a ti misma.

Nunca imaginé que esas serían las últimas palabras que escucharía de él.
A la mañana siguiente, unos golpes fuertes sacudieron la puerta principal.
Mi madre abrió.
Escuché voces serias.
Bajé rápidamente las escaleras.
Dos patrulleros estaban estacionados frente a nuestra casa.
En el jardín reconocí a los padres de Santiago.
Su madre lloraba desconsoladamente.
Un oficial se acercó hacia mí.
—¿Usted estuvo con Santiago anoche?
Asentí, confundida.
—Sí… me acompañó hasta aquí.