
Durante años desvió toda sospecha hacia una supuesta falla eléctrica.
Santiago había guardado silencio porque, siendo un niño de nueve años, nadie creyó su versión.
Cada vez que intentaba contar que había visto al vecino salir apresurado de la cocina antes del incendio, los adultos asumían que estaba confundido por el miedo.

Nunca dejó de sentirse culpable.
Sus padres encontraron meses antes un cuaderno donde escribía que algún día lograría demostrar la verdad y pedirme perdón por no haber conseguido salvarme de las llamas.
Por eso aceptó bailar conmigo aquella noche.
Sabía que la investigación se había reabierto.
Sabía que probablemente volverían a interrogarlo.
Y quería que, antes de que todo saliera a la luz, yo tuviera al menos un recuerdo feliz asociado a él, en lugar de seguir cargando con una historia llena de dolor.