Graciela bajó un escalón porreflejo y su zapatoresbaló apenas.
Se sujetó del barandal.
Nadie necesitó decirle que no avanzara más.
Abril continuó.
—Después del funeral, escuché a Julián discutir con mamá por el dinero del seguro de papá.
Valeria miró a su esposo.
—¿También había un seguro?
Julián no respondió.
Abril sí.
—Sí.
—Cállate —ordenó él.
Abril levantó la voz lo que pudo.
—Con ese dinero empezaron los primeros negocios de Julián.
Graciela se llevó una mano al pecho.
—Tu padre iba a dejarnos sin nada.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Julián cerró los ojos un instante.
Valeria no dijo nada.
Abril tampoco.
Fue Graciela quien siguió hablando, desesperada por corregirse.
—Quería irse. Quería vender. Quería abandonarnos.
—¿Y por eso hiciste que se cayera? —preguntó Abril.
—Yo no quería que muriera.
La respuesta dejó a Julián sin posibilidad de fingir que su hermana estaba delirando.
Graciela se dio cuenta tarde.Se cubrió la boca.
Abril empezó a llorar, pero no apartó los ojos de ella.
—Entonces sí fuiste tú.
—Fue hace muchos años.
—Era mi papá.
Julián avanzó hacia su madre.
—Ya no digas nada.
Graciela lo miró como si esperara protección.
Valeria entendió entonces por qué Julián no había corrido primero hacia su hermana.
No estaba enfrentando una escena desconocida.
Estaba viendo repetirse un método que, según Abril, había formado parte de la historia económica de su propia familia.
La diferencia era que esta vez la víctima equivocada seguía viva y podía hablar.
Cuando llegó la ayuda, Valeria explicó otra vez que los escalones estaban resbalosos y pidió que nadie limpiara la sustancia.
Abril fue atendida y trasladada para revisión, mientras Graciela intentaba acompañarla.