—Señoría, tenemos algunas preguntas.
El abogado de los Hamilton sonrió.
—Adelante.
—Señora Margaret, ¿quién fue la primera persona que dijo que Clara había robado la joya?
—Yo.
—¿Y tenía alguna prueba en ese momento?
Margaret respondió rápidamente.
—Conocía a la mujer que trabajaba en mi casa.
—Eso no responde a la pregunta.
El juez intervino.
—Responda directamente.
Margaret suspiró.
—No tenía una prueba física.
La pasante asintió.
—Gracias.
Después mostró una fotografía.
—Esta imagen fue tomada la mañana en que desapareció la joya. ¿Puede confirmar que la caja fuerte estaba abierta?
Margaret miró la fotografía.
—Sí.
—¿Y quién tenía la combinación?
—Mi hijo y yo.
La joven hizo una pausa.
—¿Clara tenía la combinación?
—No.
Un murmullo recorrió la sala.
Clara levantó lentamente la cabeza.
La pasante continuó.
—Entonces, si Clara no conocía la combinación, ¿cómo pudo abrir la caja fuerte?
El abogado se levantó.
—¡Objeción! La acusada pudo haber obtenido la combinación de otra manera.
—Concedida parcialmente —dijo el juez—. Reformule.
La joven asintió.
—¿Tiene alguna prueba de que Clara conociera la combinación?
Margaret guardó silencio.
—No.
—Gracias.
Por primera vez, Clara sintió que quizá existía una posibilidad.
Pero entonces el abogado de la familia presentó un nuevo documento.
—Señoría, encontramos esto en la habitación de la acusada.
Era una fotografía de la joya.
Clara sintió que el corazón se le detenía.
—Eso no es mío.
—La fotografía fue encontrada entre sus pertenencias.
—¡Nunca la había visto!
Margaret negó con la cabeza.
—Clara, ¿por qué haces esto?
Aquellas palabras casi la rompieron.
El juez miró el documento.
—¿Tiene alguna explicación?
Clara abrió la boca.