PARTE 2: LA DOSIS DE MEDIANOCHE

—¿Cómo

sabes eso? —preguntó.

Ricardo dejó el frasco.

—Guillermo me mantiene informado.

Sonrió.

—Soy su padrino, Alejandro. Me preocupo por él.

 

 

Entonces Mateo tosió.

Ricardo se volvió.

Por un instante, Mateo abrió los ojos.

Fue suficiente.

La expresión de Ricardo cambió.

No fue alivio.

Fue miedo.

Solo duró un segundo.

Pero Rosa lo vio.

—¡Mateo! —exclamó Ricardo—. Te ves mejor.

Mateo fingió debilidad.

—Un poco.

Ricardo se acercó.

—¿Tomaste algo diferente?

Rosa y Alejandro intercambiaron una mirada.

—Nada —respondió Mateo.

Ricardo sonrió otra vez.

—Excelente.

Después salió diciendo que buscaría al doctor Bernal.

En cuanto desapareció, Rosa cerró la puerta.

—Ya tenemos al primero que se asustó.

—Es mi hermano.

—No he dicho que sea culpable.

Abrió su libreta.

—Pero sabía exactamente qué dosis faltaba.

Mateo levantó lentamente la cabeza.

—Papá…

—¿Qué?

—El tío Ricardo viene muchas noches.

Alejandro sintió frío.

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