No sabía que había vendido mis joyas para cubrir una nómina durante el primer año de su empresa.
No sabía que yo había dormido sentada junto a su cama durante tres noches cuando tuvo neumonía.
No sabía que había cuidado a su madre durante sus últimos meses.
Pero después entendí algo todavía más importante.
Nada de aquello me otorgaba propiedad sobre Roberto.
Ni a ella tampoco.
Un hombre no es un premio que una mujer gana y otra pierde.
Si Roberto quería estar con Valeria, podía hacerlo.
Lo que no podía hacer era mantener una esposa en casa mientras construía otra relación a escondidas.
Así que respondí.
Escribí:
“Gracias por enviarme la foto. La guardaré. Mañana probablemente mi abogada también quiera verla”.
Pasaron menos de veinte segundos.
Aparecieron los tres puntos indicando que estaba escribiendo.