Y salí.
Dos años después abrí un pequeño estudio de decoración con una amiga.
Era una idea que había pospuesto durante años porque siempre parecía existir algo más importante.
Los hijos.
La empresa de Roberto.
La casa.
Las obligaciones.
Por primera vez comencé a construir algo que era completamente mío.
No fue fácil.
Tuve miedo.
Cometí errores.
Pero cada mañana abría la puerta de aquel negocio y sentía una satisfacción diferente.
No dependía de que alguien me eligiera.
Yo había tomado la decisión.
Una tarde Camila entró al estudio y me encontró organizando unas muestras.
Ya tenía dieciocho años.
Se quedó mirándome y dijo:
—Mamá, estás diferente.
—¿Para bien o para mal?
Sonrió.
—Para bien. Pareces más tú.
Aquella frase fue mucho más importante que cualquier venganza que pudiera haber imaginado.