Debajo del mono gris había cicatrices.
Una cruzaba el hombro de Walter.
Otra descendía desde sus costillas hasta el abdomen.
Y, sobre su pecho, llevaba un pequeño tatuaje militar: el emblema de una unidad de combate que algunos veteranos presentes reconocieron de inmediato.
Las risas se apagaron.
Brooke intentó mantener la sonrisa.
—¿Eso se supone que debe asustarme?
Walter no respondió.
Sólo adoptó una postura tranquila, con las manos abiertas y los pies firmes sobre la lona.
Cuando Brooke atacó, lanzó una combinación rápida, preparada para las cámaras.
Walter esquivó el primer golpe.
Bloqueó el segundo.
Y con un movimiento corto, controló su muñeca, desequilibró sus piernas y la dejó sentada en la colchoneta antes de que pudiera entender qué había pasado.
No la golpeó.
No la humilló.
Simplemente retrocedió.
—No necesitabas demostrar que eras fuerte —dijo—. Necesitabas demostrar que ella era débil.
Brooke miró a Maya.
La niña ya