Comenzó a llevarles agua, tortillas, fruta y leche discretamente por la parte posterior de la casa mientras intentaba localizar a Mariana.
No entendía todavía que ella estaba muerta en la sala porque Camila le había dicho que su madre “estaba dormida y muy fría”.
Cuando finalmente decidió entrar y llamar a las autoridades, dos hombres lo interceptaron.
Lo secuestraron.
Adrián creyó que con Julián desaparecido no quedaba nadie vigilando a los niños.
Lo que no sabía era que yo regresaría antes de la fecha que había comunicado a mi familia.
Mi trabajo terminó cinco días antes.
Cinco días.
Eso fue lo que separó a mis sobrinos de un desenlace todavía peor.
Después de escuchar toda la declaración, Salgado solicitó órdenes de cateo y aprehensión.
A las cuatro de la mañana del viernes, varios equipos actuaron simultáneamente.
Adrián estaba en su residencia de Juriquilla.
Cuando los agentes derribaron la puerta, intentó cerrar su computadora portátil.
No alcanzó.
Los peritos encontraron correos, transferencias, listas de víctimas y mensajes con Medina.
También encontraron conversaciones con el doctor Rojas.
En uno de los mensajes Adrián escribió:
“Que aparezca como respiratorio. Es lo único que necesitan.”
En otro, enviado a Medina después de la muerte de Mariana:
“Si la hermana pregunta demasiado, convéncela de que está afectada por el duelo.”
Recordé inmediatamente cómo ambos habían intentado hacerme sentir irracional.
No había sido casualidad.
Era una estrategia.
Cuando sacaron a Adrián esposado, perdió completamente la tranquilidad que había mostrado en su oficina.
—¡Esos niños pertenecen a mi familia! —gritó—. ¡Voy a solicitar su custodia!
Salgado lo miró.
—Primero tendrá que explicar por qué dejó a cuatro menores encerrados con su madre muerta.