El otro estaba asignado al agente Medina.
La Fiscalía reconstruyó lo sucedido.
Adrián llegó a casa de Mariana con la excusa de hablar sobre los niños y la herencia de su hermano.
Medina permaneció cerca.
Adrián exigió la memoria.
Mariana negó tenerla.
Discutieron.
Ella amenazó con denunciarlo esa misma mañana.
Entonces él la atacó.
Después llamó a Medina.
El agente ayudó a alterar la escena y recuperó de un cajón el antiguo expediente médico de Mariana.
Era perfecto para fabricar una explicación.
Asma.
Una enfermedad real del pasado convertida en coartada.
Pero había un problema: los niños estaban dentro de la casa.
Camila había escuchado parte de la discusión desde el segundo piso.
No vio el momento exacto del asesinato, pero oyó a su tío gritar:
—¡Dime dónde guardaste la memoria!
Luego escuchó un golpe.
Adrián subió y encontró a los cuatro niños aterrados.
En lugar de hacerles daño directamente, utilizó algo más perverso.
Los manipuló.
Les dijo que su madre había enfermado y que él iría por ayuda.
También les aseguró:
—No salgan. No abran la puerta. Si llega la policía, se los llevarán y los separarán para siempre.
Camila le creyó.
Era su tío.
Una persona que conocía desde que tenía memoria.
Adrián se marchó convencido de que alguien encontraría el cuerpo pronto o de que los niños terminarían saliendo.
Pero nadie llegó.
Los menores no tenían teléfonos propios. El celular de Mariana desapareció esa noche.
Camila se encerró con sus hermanos y siguió esperando.
Cuando comprendió que su madre no despertaría, ya estaba demasiado aterrada para salir.
Julián escuchó a los niños dos días después.