—Teresita, no firmes nada todavía.
—¿Por qué?
La anciana miró hacia la calle antes de responder.
—Tu mamá me hizo prometer algo. Si algún día ella faltaba y tú querías vender, debía decirte una sola cosa: antes de entregar esta casa, mira dentro del pozo.
Teresa creyó haber escuchado mal.
El pozo llevaba casi quince años sin utilizarse desde que instalaron agua potable.
—¿Qué hay ahí?
—No lo sé todo. Elena nunca quiso contármelo. Solo decía que ahí había guardado algo relacionado con tu papá.
Teresa sintió un frío extraño.
Recordó entonces una frase que su madre repetía cada vez que ella hablaba de vender la propiedad algún día:
—Esta casa ha visto cosas que tú no imaginas.
Al caer la tarde, Teresa levantó con esfuerzo la pesada tapa del pozo. Encendió una lámpara y se inclinó sobre la oscuridad.
A unos dos metros de profundidad, entre las piedras húmedas, descubrió algo imposible de confundir con una formación natural: una pequeña cavidad hecha a mano y cubierta con una tela ennegrecida.
Debajo parecía haber una caja.
En ese instante recibió un mensaje de Javier:
“Firma mañana. Necesitamos ese dinero. Ya te explicaré lo de mis deudas.”
Teresa leyó dos veces.
¿Sus deudas?
Él jamás le había hablado de ninguna deuda.
Volvió a mirar hacia el fondo del pozo.
Por primera vez comprendió que su madre quizá no le había dejado una simple casa.
Le había dejado una verdad enterrada.
Y Teresa todavía no podía imaginar que, cuando aquella caja saliera de la oscuridad, no solo cambiaría lo que sabía sobre la muerte de su padre… también destruiría lo poco que quedaba de su matrimonio.