Teresa lo miró fijamente.
—No. Nuestro matrimonio no se terminó por esta casa. Se terminó cuando recibí la noticia de que mi mamá había muerto y tú me pediste que no rompiera otra taza porque acababa de trapear la cocina. Solo tardé unos días en aceptar lo que eso significaba.
Javier intentó acercarse.
Ella retrocedió.
—Voy a pedir el divorcio.
—Teresa…
—Y la casa no se vende.
Antes de irse, Javier soltó algo que terminaría siendo útil para la investigación.
Esteban había conseguido al comprador pocas horas después de recibir los datos de la propiedad. Ni siquiera había publicado un anuncio.
Diego entregó aquella información a los investigadores.
Al revisar las relaciones comerciales descubrieron que la empresa compradora estaba administrada por un socio del hijo de Rogelio Salcedo.
Cuando interrogaron a Esteban, terminó admitiendo que le habían ofrecido una comisión extraordinaria si conseguía cerrar la operación antes de que Teresa revisara completamente las pertenencias de Elena.
La pregunta era inevitable:
¿Por qué Salcedo estaba interesado en una vieja casa familiar?
La respuesta llegó durante un nuevo interrogatorio a Carmen.
—Él sabía que Elena había conservado copias —afirmó—. Nunca supo dónde.
Después de la muerte de Gabriel, Salcedo había preguntado varias veces por los documentos desaparecidos. Elena siempre aseguró que los había destruido.
Carmen estaba convencida de que nunca le creyó del todo.
Mientras Elena vivió, acercarse directamente a la propiedad podía resultar sospechoso. Pero después de su fallecimiento y sabiendo que Teresa vivía en Guadalajara, comprar el inmueble era una manera discreta de controlar el lugar.
La oferta de más de dos millones ya no parecía generosidad.
Parecía miedo.
La investigación empezó a atraer atención de periodistas locales. Diego inicialmente dudó sobre hablar con ellos, pero comprendió que la exposición pública hacía más difícil que el expediente volviera a desaparecer silenciosamente.