Al volver del funeral de mi madre, una vecina de más de 80 años se acercó y dijo: “Si vas a vender, primero mira dentro del pozo”. Yo creí que hablaba por tristeza, pero encontré una caja con cartas, cuentas y una advertencia escrita tres días antes de que mi padre muriera. Cerré la puerta, llamé a un abogado y entendí que mi madre había protegido un secreto durante décadas por miedo a que me pasara lo mismo.

Cuando se negó, lo enviaron a otra región.

—Me dijeron que pensara en mi esposa y en mis hijos —recordó—. Entendí perfectamente el mensaje.

Con su testimonio, el de Carmen y los documentos recuperados del pozo, la Fiscalía abrió una investigación formal por la muerte de Gabriel y por la posible manipulación de la investigación original.

Mientras todo aquello ocurría, Javier apareció en San Miguel sin avisar.

Teresa lo vio bajar de su camioneta con expresión irritada.

—Tenemos que hablar.

—Habla.

—Esteban me dijo que cancelaste la venta.

Teresa lo observó sorprendida.

—¿Desde cuándo hablas tú con Esteban?

Javier tardó demasiado en responder.

Ese silencio fue suficiente.

—Fuiste tú quien lo contactó.

—Solo estaba ayudando.

—Mi mamá todavía no llevaba una semana muerta y ya estabas buscando quién comprara su casa.

—No dramatices. Tú misma dijiste hace meses que algún día venderías.

—Una cosa es decirlo y otra que mi marido negocie mi herencia a mis espaldas.

Javier se pasó una mano por la cara.

Entonces admitió lo que Teresa ya sospechaba desde aquel mensaje.

Debía casi setecientos mil pesos.

Había invertido en un negocio que fracasó y pidió dinero prestado sin contarle nada.

Esperaba utilizar parte de la venta de la casa para cubrir el problema.

—Somos esposos —argumentó—. Mis problemas también son tuyos.

Teresa sintió una calma que sorprendió incluso a ella.

—Mi madre murió y tú no viniste a despedirte. Pero cuando supiste que su casa podía valer casi dos millones, encontraste tiempo para llamar a un agente inmobiliario.

—No tiene que ver una cosa con la otra.

—Tiene todo que ver.

Javier bajó la voz.

—¿De verdad vas a destruir veintiséis años de matrimonio por una casa vieja?

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