“Hagan que parezca un accidente.”
Al día siguiente, Gabriel murió.
Después comenzaron los rumores.
Dos trabajadores afirmaron inicialmente que el árbol que lo golpeó había caído de manera inexplicable y que ese día hombres ajenos a la cuadrilla habían estado en la zona. Sin embargo, cuando llegaron los investigadores, ambos cambiaron sus declaraciones.
—Salcedo tenía dinero, contactos y gente que le debía favores —dijo Carmen—. Yo tenía dos niños pequeños. Me dio miedo. Y elegí callarme.
Sacó una agenda de la carpeta.
En una página estaba escrita la fecha de la muerte de Gabriel. Debajo, Carmen había anotado hacía treinta y tantos años:
“R.S. llamada 18:40. Gabriel. ‘Que parezca accidente’.”
No era una grabación ni una prueba definitiva, pero coincidía con los documentos de Elena, la libreta de Gabriel y las irregularidades del expediente original.
Diego contactó a un abogado penalista y entregaron todo a la Fiscalía de Jalisco.
La investigación no avanzó de inmediato. Tuvieron que localizar expedientes antiguos, trabajadores jubilados y documentos que habían pasado años almacenados en archivos.
Sin embargo, apareció un nombre decisivo.
Enrique Morales.
Había sido uno de los investigadores asignados al caso de Gabriel.
Seguía vivo.
Cuando hablaron con él, el anciano no necesitó revisar ningún documento para recordar a Salcedo.
—Ese caso me costó el puesto —dijo.
Enrique explicó que la escena nunca le pareció un accidente. La forma en que cayó el árbol y ciertas marcas encontradas en el equipo de trabajo no coincidían con la versión oficial.
Además, Gabriel había comentado días antes a dos compañeros que pensaba denunciar el robo de madera.
Enrique comenzó a investigar a Salcedo.
Tres semanas después recibió una orden de sus superiores: cerrar el asunto.