En los años noventa había sido administrador de operaciones. Actualmente era propietario de un poderoso grupo constructor con negocios en Guadalajara, Zapopan y varias zonas turísticas de Jalisco.
Pero Diego descubrió algo todavía más inquietante.
La empresa interesada en comprar la casa pertenecía a una sociedad vinculada a uno de los hijos de Salcedo.
Teresa sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Entonces la oferta no apareció por casualidad?
—No puedo asegurarlo todavía —respondió Diego—. Pero yo no firmaría absolutamente nada.
Teresa llamó a Esteban.
—La propiedad ya no está en venta.
El agente cambió inmediatamente de tono.
—Señora Teresa, piénselo. El comprador incluso puede mejorar la oferta.
—¿Cuánto?
Hubo unos segundos de silencio.
—Dos millones doscientos mil.
Cuatrocientos mil pesos más de un momento a otro.
Aquello terminó de convencerla.
Alguien quería esa casa con demasiada urgencia.
Esa noche, mientras Diego investigaba desde su computadora, Teresa recibió una llamada de un número desconocido.
Una mujer mayor habló casi en susurros.
—¿Usted es Teresa, hija de Gabriel y Elena?
—Sí.
—Me llamo Carmen. Fui secretaria de Rogelio Salcedo.
Teresa se quedó inmóvil.
—Leí que están haciendo preguntas sobre la muerte de su padre. He guardado silencio más de treinta años.
—¿Qué sabe?
La mujer comenzó a llorar.
—El día anterior a que Gabriel muriera, escuché a Salcedo hablar por teléfono. Dijo: “Ese hombre va a echarlo todo a perder. Háganlo callar y que parezca un accidente”.
Teresa apretó el teléfono hasta sentir dolor en los dedos.
Pero Carmen aún no había terminado.
—Hay otra cosa que usted debe saber. Todos creen que fue su padre quien descubrió el fraude.
No fue él.
Fue su madre.