A veces, el momento en que empiezas a recuperar tu vida no llega cuando alguien te pide perdón.
Llega cuando finalmente comprendes que tu valor nunca dependió de la opinión de esa persona.
Y si pudiera volver a aquella tarde, compraría exactamente el mismo vestido borgoña.
Me lo pondría, me miraría al espejo y sonreiría.
Porque cumplir cincuenta años no significaba que mi vida estuviera terminando.
Significaba que, por fin, estaba aprendiendo a vivirla también para mí.
FIN.