—¿Y si encuentran el cuerpo? —preguntó Daniela.Mauricio soltó una risa baja.
—Mejor.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia.
Daniela se quedó callada.
Mauricio continuó:
—Si aparece calcinado dentro de la camioneta, cerrarán el caso más rápido. Accidente por tormenta, falla mecánica, incendio. Nadie va a revisar más de lo necesario.
—¿Y la identificación?
—La placa está registrada a nuestro domicilio. Su bolso estaba dentro. También dejé una copia de su identificación en la guantera.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
No había sido un impulso.
No había sido una decisión desesperada tomada esa mañana.
Mauricio había preparado mi muerte.
Mi identificación.
La póliza.
La camioneta.
La ruta.
La tormenta.
Incluso había pensado en cómo reconocería la policía lo que quedara de mí.
Daniela bebió un poco de champaña.
—Entonces en unos días eres viudo.
—Viudo millonario.
—Y sin Valeria metiéndose en tus cuentas.
Mauricio rio.
—Ella nunca entendió de negocios.
Casi sonreí.
Esa fue la frase que terminó de enfriar algo dentro de mí.
Nunca entendió de negocios.
Durante años había permitido que Mauricio creyera eso.
Cuando nos conocimos, yo había usado únicamente el apellido Salazar, el de mi madre.
No porque me avergonzara de Montemayor.
Porque estaba cansada de que la gente cambiara al descubrirlo.
Grupo Montemayor controlaba participaciones en transporte, energía, construcción, alimentos, bienes raíces y fondos de inversión.
Mi abuelo lo había fundado.
Mi padre lo había convertido en un conglomerado nacional.
Y cuando ambos murieron con pocos años de diferencia, el control accionarial terminó en mis manos.
Yo tenía veintisiete años.